Se lo hemos entregado todo. Cuando llegó Internet, hace pocos años (aunque parezca una vida), se abrieron dos ventanas: acceso a toda la información que la humanidad ha recopilado, o al mismo tiempo acceso a todas las opiniones del mundo.

La primera opción era la complicada, la trabajosa, ad astra per aspera. La “difícil”. Leer, estudiar, formar, crear. Sembrar, mancharnos las uñas y cosechar frutos con nuestras propias manos. Invertir en nosotros. El futuro llegó. Tenemos más conocimiento que nunca, solo hay que arañar. Prometedor.

Pero la segunda, más atractiva, nos lo daba todo hecho. Mascadito. Qué pereza la primera, ahora.

Frente a tener que esperar para la recolecta, y luego además cocinar, elegimos el Big Mac ya preparado. Listo para deglutir. Opiniones procesadas, envueltas, calentitas. Sin esperas, ni trabajo, ni esfuerzo.

La batalla de las ideas pudo ser tan amplia como el propio mundo, pero un puñado de millonarios emergentes nos propuso: “ESTE será el terreno, así es más cómodo para todos”. Y aceptamos (más bien abdicamos). Pudimos edificar en nuestra propia parcela, en cualquier lugar, pero preferimos hacerlo en una que nunca nos perteneció. En la suya.

Creímos que, cavando cimientos, levantando paredes y cultivando nuestro propio huerto, nos pertenecería algún día. Que nos incluirían en las escrituras. Lo hacíamos sabiendo que el suelo no era nuestro. Nunca lo fue. Trabajamos para ellos. Gratis. Incluso pagando.

Les hemos levantado una megalópolis entre todos, convencidos de que sería para todos. Cuando tenga edificios será un buen lugar para vivir. Cuando tenga calles asfaltadas, comercios, parques, por fin será hogar.

Ya los tiene, pero no es un buen sitio para vivir. Constantemente falla el alumbrado. Y, sobre todo, el alcantarillado.

Todo el tiempo que invertimos, para finalmente resignarnos a vivir en un lugar lúgubre que huele cada vez más a mierda. Y sin posibilidad de reclamarle arreglos a nadie. No hay arrendador, hay terrateniente. Cacique, propietario. “Si no te gusta, vete, nadie te obliga a estar aquí”. Y es cierto, nosotros fuimos quienes nos obligamos a estar aquí. Quisimos querer. Como forzarte a acabar un libro rematadamente malo según avanzas en la lectura, porque “ya total, me lo acabo”. Y con cada página que lees te esclavizas más. O como el señor legendario con gabardina que a la puerta del colegio te regala caramelos, porque eres amigo, hasta que estás enganchado y ahora te impone sus precios y sus normas, porque eres súbdito.

Ahora todo está aquí, lo hemos traído nosotros. Lo demás es yermo. Les hemos levantado Abu Dabi en medio del puto desierto. Por supuesto, no esperemos gracias. A estas alturas hay que vivir en una cueva para no saber que: “Si un producto es gratis, el producto eres tú”. Bueno, no será para tanto. Acepto términos y condiciones.

Mark, yo TE asfalto esta calle. Tranquilo, Elon, yo TE edifico este bloque. Nada hombre, no tienes que darme nada. Sin problema. Lo hago con mucho gusto, y el día que tú quieras, me echas.

“Podría haberlo hecho en cualquier otra parte, pero es que aquí está todo el mundo”, dijimos al unísono todo el mundo. Y Musk, y Zuckerberg, frotándose los ojos con incredulidad. Aguantándose la risa mientras hacíamos cola para ofrecerles nuestro diezmo, serviles y agradecidos.

Ahora el mundo es suyo. Ellos pueden elegirnos el presidente más conveniente, o serlo si en algún momento les apetece vivir un rato la experiencia. Cuando alguien sabe que puede hacer el saludo fascista delante del planeta entero con total impunidad, es porque está asumido que la tierra es suya. Perdón. La Tierra. Literalmente.

No solo se trata de que, ahora mismo, el 1 % de los más ricos del planeta posea más de la mitad de la riqueza total mundial. Lo terrible es que controlan los medios (la información, la opinión a nivel global) para que esto siga así. Qué coño, para que apoyemos que vaya a más.

Se lo hemos entregado TODO. Literalmente.